jueves, 14 de julio de 2011

Enrique Martinez Sobral

Nació en la vecina República de Guatemala en 1875. Durante varios años prestó servicios al gobierno de México en la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, cuando dicha dependencia del Ejecutivo estaba bajo dirección de don José Yves Limantour. 
   Escribió algunas novelas de buena calidad, según opinión de los críticos. Posteriormente se dedicó al estudio de la economía política y de los problemas económicos de México. Su obra principal, Principios de Economía, fue en su tiempo un excelente tra
Nació en la vecina República de Guatemala en 1875. Durante varios años prestó servicios al gobierno de México en la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, cuando dicha dependencia del Ejecutivo estaba bajo dirección de don José Yves Limantour. 

   Escribió algunas novelas de buena calidad, según opinión de los críticos. Posteriormente se dedicó al estudio de la economía política y de los problemas económicos de México. Su obra principal, Principios de Economía, fue en su tiempo un excelente tratado sobre la materia y libro de texto en la Escuela Nacional de Jurisprudencia. En dicha obra se advierte la influencia de Carlos Gide, distinguido cooperativista y solidarista francés. Los Principios de Economía todavía ahora pueden leerse con provecho, particularmente en la parte relativa a la historia económica de México. 
   Otros dos de sus libros merecen mención: La reforma monetaria y Estudios elementales de legislación bancaria. Además el "Apéndice" a la obra de Gide titulada Las instituciones de progreso social, que el propio Martínez Sobral tradujo a nuestra lengua en excelente prosa. 
   Dejó de existir en 1950. 
   Para Enrique Martínez Sobral la economía es una ciencia concreta y se la puede comparar, al menos en algunas de sus manifestaciones, a las ciencias naturales; el capital es el legado de las generaciones, que con él se trasmiten la civilización; y el trabajo debe considerarse como el esfuerzo del hombre sobre los elementos naturales para incorporarles alguna utilidad que satisfaga necesidades. La demanda -dice el autor- es la expresión del deseo social efectivo de adquirir un satisfactor cualquiera, y la oferta representa la cantidad de ese satisfactor con que la sociedad cuenta en un lugar y tiempo determinados. No es Martínez Sobral un economista académico de la escuela ortodoxa, y a menudo se advierte en su obra al crítico social. En su opinión, son indudables las imperfecciones del régimen capitalista, cuyas excelencias ya no es posible preconizar a menos de ser ciego de nacimiento, pues no es cierto que espontáneamente se establezca un orden económico inmejorable.tado sobre la materia y libro de texto en la Escuela Nacional de Jurisprudencia. En dicha obra se advierte la influencia de Carlos Gide, distinguido cooperativista y solidarista francés. Los Principios de Economía todavía ahora pueden leerse con provecho, particularmente en la parte relativa a la historia económica de México. 
   Otros dos de sus libros merecen mención: La reforma monetaria y Estudios elementales de legislación bancaria. Además el "Apéndice" a la obra de Gide titulada Las instituciones de progreso social, que el propio Martínez Sobral tradujo a nuestra lengua en excelente prosa. 
   Dejó de existir en 1950. 
   Para Enrique Martínez Sobral la economía es una ciencia concreta y se la puede comparar, al menos en algunas de sus manifestaciones, a las ciencias naturales; el capital es el legado de las generaciones, que con él se trasmiten la civilización; y el trabajo debe considerarse como el esfuerzo del hombre sobre los elementos naturales para incorporarles alguna utilidad que satisfaga necesidades. La demanda -dice el autor- es la expresión del deseo social efectivo de adquirir un satisfactor cualquiera, y la oferta representa la cantidad de ese satisfactor con que la sociedad cuenta en un lugar y tiempo determinados. No es Martínez Sobral un economista académico de la escuela ortodoxa, y a menudo se advierte en su obra al crítico social. En su opinión, son indudables las imperfecciones del régimen capitalista, cuyas excelencias ya no es posible preconizar a menos de ser ciego de nacimiento, pues no es cierto que espontáneamente se establezca un orden económico inmejorable.

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